Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de agosto de 2014

Sin título

Una vez la muerte
ha entrado en mi casa.

Tan sólo una tarde
tembló el habitante
de mi lúgubre morada
- cual bestia que acecha
los estragos de la tempestad-

tal vez presagiando con su 
tajante estertor
la soledad terrible
en que todo devendrá.

Azul

sábado, 16 de febrero de 2013

Vida

Y llegó el final. Así como había empezado, terminó. Justo cuando estaba más distraído y menos lo esperaba. Sabía que le quedaban unos momentos, así que decidió aprovecharlos pensando en el camino, en todo lo que había pasado mientras llegaba ahí. Todo lo que se necesitó para que pudiera llegar.

Recordó el principio, el inicio del camino, aunque un poco borroso, logró rememorar que había sido muy complicado, con tanta gente con la que competir, tantos con los que luchar por un lugar. Pero resistió, se mantuvo de pie.
La fuerza para seguir peleando la obtenía de la esperanza, esa fe de que llegaría a algún lugar. Ahora que había llegado al final, se dio cuenta de que nunca supo a donde iba. No lo sabía todavía.

Hizo memoria y descubrió que no había hecho realmente ningún amigo, unos cuantos le habían agradado, y quizás él a ellos, pero hasta ahí. Nadie a quien apoyar, nadie de quien apoyarse. Nadie a quien jalar cuando lo necesitara o a quien dar un empujón cuando fuera necesario.

Pensó en los momentos en los que estuvo a punto de desistir, los que parecían tan abrumadores y terribles que creyó que era mejor abandonar todo. Los que lo hicieron más fuerte. Después de los cuales se decía "si sobreviviste a eso, puedes llegar a donde quieras".

Pensó en todas las mujeres a las que vio. Todas de las que se enamoró. A todas las que no les habló por miedo a ser rechazado. A todas a las que no les habló por miedo a ser correspondido. 
Recordó a la chica más bella que había visto, la que le había coqueteado, a la que él ignoró y actuó como si no hubiera notado, por pensar que no era posible. Se arrepentía de casi todo. 

Recordó que se arrepentía de algunas cosas más: cuando cedió oportunidades para los que, él consideraba, las merecían más pero fueron aprovechadas por sinvergüenzas oportunistas. O cuando había cosas que deseaba comprar pero no lo hizo por avergonzarse de la opinión de los demás.

Finalmente recordó las canciones que escuchó. Las conversaciones a las que no prestó atención. Las personas a las que no les habló. Los mapas que dejó sin explorar. El libro del que leyó un fragmento sobre el hombro de alguien más y nunca supo su nombre. El rey africano del que nunca había escuchado. Se preguntó por qué los héroes no tenían rostro y a dónde lo hubieran llevado los caminos que no tomó. 

Deseó haber usado una ruta distinta, una ruta que, aunque lo llevara finalmente al mismo destino, le hubiera permitido  conocer más. Una ruta que, aunque más difícil y larga, él mismo hubiera diseñado, por poca lógica que tuviera para otros. 

Pero ya nada de eso importaba, había llegado el final.
Suspiró.
¿Era un nuevo principio? ¿Acaso volvería a empezar todo? ¿O sería el comienzo de algo diferente?
No lo sabría hasta que decidiera avanzar.
Avanzó.

Por fin había llegado a la terminal sur de la línea tres del metro, estación Universidad.




Naranja

jueves, 4 de octubre de 2012

La Paradoja del Ahorcado


“Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío, y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso. Digo, pues, que sobre este río estaba un puente, y al cabo de él una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que aplicaban la ley que puso el dueño del río, del puente y del señorío, que era en esta forma: "Si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna."

Sabida esta ley y la rigurosa condición de ella, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre juró y dijo que por el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que ahí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: "Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre".

Pídese a vuestra merced, señor gobernador, qué harán los jueces de tal hombre, que aún hasta ahora están dudosos y suspensos, y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso."

Miguel de Cervantes Saavedra.
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (fragmento

Texto del dominio público
Texto de dominio público.



Cian 

 

martes, 21 de agosto de 2012

También nosotros existimos

El Sur También Existe

Con su ritual de acero
sus grandes chimeneas
sus sabios clandestinos
su canto de sirenas
sus cielos de neón
sus ventas navideñas
su culto de dios padre
y de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
el hambre disponible
recurre al fruto amargo
de lo que otros deciden
mientras el tiempo pasa
y pasan los desfiles
y se hacen otras cosas
que el norte no prohibe
con su esperanza dura
el sur también existe

con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
con sus gesta invasora
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol 
y también los eclipses
apartando lo inútil 
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el Sur también existe

con su corno francés
y su academia sueca
su salsa americana 
y sus llaves inglesas
con todos su misiles 
y sus enciclopedias
su guerra de galaxias
y su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el Sur también existe

-Mario Benedetti

Azul

sábado, 4 de febrero de 2012

Fuego

De pronto un deseo inconmensurable de voltear hacía arriba me inundó. Hacía tanto tiempo ya que no contemplaba el universo. Que no disfrutaba de éste. Es un poco incomodo voltear, pero vale la pena. Todas las estrellas, en un firmamento nada firme, iluminando para mí.  Algunas más cerca que otras. Algunas más brillantes que otras. Algunas más existentes que otras. Tantas veces que intenté contarlas y tantas veces que fracasé, porque debía ocupar toda mi fuerza en mi recuperación; gracias a mi desgaste constante. 
Aun así me siguen fascinando. Me siguen dando motivos para vivir. Sobretodo esa, la que es especial. Ese cuerpo celeste que no produce luz propia, pero tampoco es totalmente opaco. Esa estrella artificial. Esa por la que tanto he sufrido. Pero no produce luz uniforme. En algunos puntos es más brillante que en otros. Hay partes que son totalmente oscuras. Así puedo saber quienes aprovecharon lo que les dí. 
Hacía mucho tiempo que no volteaba a verla. Hacía tanto tiempo que no veía su avance. Me complace mucho saberlo. Una simple chispa. Una pequeña combustión. Solo eso necesitaban. 
Ahora desafían al universo. -No necesitamos de luz propia- le gritan a los dioses -Algún día iluminaremos más que todas las estrellas juntas. - Amenazan. 
De soberbia los acusan. Pero yo no tengo duda. Algo vi en ellos.
"Altruismo" fue mi acusación. Pero no lo entienden. No lo hice por ellos. Lo hice para mí. Para un día mirar hacía arriba y contemplar algo más brillante. Mucho más. Que ilumine la oscuridad. Que ciegue a los dioses. Y lo están logrando. 
-No deberías admirar a la causa de tu condena- murmuró el ave mientras se acercaba para devorarme. De nuevo.

Naranja.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Knock

En esta ocasión les voy a poner uno en inglés.

The last man on earth sat alone in a room. There was a knock on the door.

Frederic Brown

Azul

miércoles, 26 de octubre de 2011

miércoles, 19 de octubre de 2011

Silencio


ΕÞδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι

Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

Edgar Allan Poe

Azul

lunes, 17 de octubre de 2011

Un hombre.

Imagina a un hombre. Un hombre que propone dibujar al mundo. Y que habla sobre otro hombre que lo hizo. Imagina a un hombre. Un hombre que nos reveló el arte ignorado de traducir. Un hombre que a sus 10 años había leído a más autores clásicos de los que tú y yo conocemos. Imagina a un hombre que recuperó y redefinió la lengua española. Imagina a un hombre que cambió la tradición militar de su familia de 5 generaciones con muchas victorias y tardes de gloria, por la incomprendida gloria de escribir. Imagina a un hombre. Un hombre que a los 9 años publica sus primeros escritos.  Un hombre que escribió por más de 60 años, pero no puede ser limitado a una corriente, ni englobado en cierta explosión, aunque él fue la pólvora necesaria. Imagina a un hombre cuyo nombre no puede ser pronunciado por muchos y su obra entendida por menos, pero nos ha influenciado a todos. Un hombre que con el título de "Inspector de aves y conejos" trascendió más en el mundo que los necios que se lo dieron. Imagina a un hombre que tenía una sola patria, pero no era la de ninguna nación. Un hombre que no se limitó por fronteras. Un hombre que habló 9 idiomas, varios de estos para poder leer las obras tal como habían sido concebidas. Un hombre que no tuvo miedo de expresar sus opiniones políticas, aunque estas lo condenaran para la eternidad. Un hombre que luego no titubeó para retractarse de ellas, al ver el panorama más claro. Imagina a un hombre que creó mil laberintos. Y que nos habló de mil más. Imagina a un hombre que inventó personajes tan bien, que aún son buscados en la historia para comprobarlo. Un hombre que divisó el infinito, y a éste mismo dentro de él. Un hombre que, debajo de una escalera, previó el Internet, sólo tres años después de ENIAC. Imagina a un hombre que soñó que alguien más lo soñaba. Un hombre que nos habló de lo que sentía la bestia. Un hombre que se dedicaba obras a sí mismo, sin escribir para él.  Imagina a un hombre que advierte que el mundo de Berkeley se apodera del nuestro. Un hombre que quedó maravillado por la Invención de Morel. Un hombre que nos habló de obras que son sólo cuánticamente posibles. Un hombre que nos señaló la maravilla que es olvidar. Imagina a un hombre que soñó el paraíso en una biblioteca, pero el infierno en un libro. O quizá en todos. Imagina a un hombre que se soñó eterno, para poder recorrer bibliotecas infinitas. Imagina a un hombre que sin poder ver, vio más que todos nosotros. Imagina a un hombre que con menos de 100 hojas por obra, se ganó la eternidad. Imagina a un hombre. Un hombre que no debe ser imaginado... http://bit.ly/qNfD1


Naranja

martes, 11 de octubre de 2011

El espejo de viento y luna


En un año las dolencias de Kia Yui se agravaron. La imagen de la inaccesible señora Fénix gastaba sus días; las pesadillas y el insomnio, sus noches.

Una tarde un mendigo taoísta pedía limosna en la calle, proclamando que podía curar las enfermedades del alma. Kia Yui lo hizo llamar. El mendigo le dijo:

-Con medicinas no se cura su mal. Tengo un tesoro que lo sanará si sigue mis órdenes.

De su manga sacó un espejo bruñido de ambos lados; el espejo tenía la inscripción: Precioso Espejo de Viento y Luna. Agregó:

-Este espejo viene del Palacio del Hada del Terrible Despertar y tiene la virtud de curar los males causados por los pensamientos impuros. Pero guárdese de mirar el anverso. Sólo mire el reverso. Mañana volveré a buscar el espejo y a felicitarlo por su mejoría.

Se fue sin aceptar las monedas que le ofrecieron.

Kia Yui tomó el espejo y miró según le había indicado el mendigo. Lo arrojó con espanto: El espejo reflejaba una calavera. Maldijo al mendigo; irritado, quiso ver el anverso. Empuñó el espejo y miró: Desde su fondo, la señora Fénix, espléndidamente vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después, Fénix lo acompañó hasta la salida. Cuando Kia Yui se despertó, el espejo estaba al revés y le mostraba, de nuevo, la calavera. Agotado por la delicia del lado falaz del espejo, Kia Yui no resistió, sin embargo, a la tentación de mirarlo una vez más. De nuevo Fénix le hizo señas, de nuevo penetró en el espejo y satisficieron su amor. Esto ocurrió unas cuantas veces. La última, dos hombres lo apresaron al salir y lo encadenaron.

-Los seguiré -murmuró- pero déjenme llevar el espejo.

Fueron sus últimas palabras. Lo hallaron muerto, sobre la sábana manchada.
Tsao Hsue-Kin

Azul

miércoles, 5 de octubre de 2011

Las vírgenes feas


La Manuela había espachurrado ajo toda la mañana, así que de la cocina salía un olor envolvente que yo sabía le iba a durar en los dedos por lo menos tres días. La vi llenar un cuenco de ajos machacados, y luego otro y otro, y no me alarmaba mientras pensaba que era para la sopa. Pero cuando vi a la Manuela caminar al cantero y amasar el ajo con tierra húmeda en un cazo, le dije «ah, ahora sí que vos estas soreca, tata ¿vamos a comer suelo aliñado?». «No juegues», me dijo, «que ahorita cuando se nos acabe la poca tortilla que queda, voy a pensar en unos tamalitos de barro», y se rió. A mí siempre me gustaba aquella risa linda de la Manuela, como si no le tuviera miedo a nada en el mundo. «Ven», me llamó, «¿ves cómo espanta a los zompopos?». Yo no veía nada, pero ella decía que por tanto zompopero hacía tiempo que no teníamos flores. El ajo es bueno, dijo.

La miraba, día tras día, velar el cantero. Se acercaba con la puntita del cuchillo a ver si había brotado algún retoño, pero en vano. La tierra estaba muerta y los zompopos seguían su pachanga como si nada. Una mañana, antes de que saliera el sol, la Manuela me tiró de la cama. Andate, dijo, que vamos adonde la virgen, y le vi el rosario entre los dedos. Se puso una mantilla blanca y el único vestidito decente que usaba para ir a Coatepeque. Pensé que algo malo había pasado, pero no me atreví a preguntarle una palabra. Trataba, por mi parte, de descubrirle algún gesto revelador por entre los pliegues casi azulosos del tul.

De la iglesia siempre me sorprendía el contraste entre el bullicio de los vendedores de estampas o velas, y aquel silencio de espanto en la nave. Manuela caminaba con paso firme y de vez en cuando se persignaba frente a las imágenes. Me jalaba por el brazo y mi impulso la chocaba cuando se detenía en seco. «¡La cruz!», me susurró finalmente. Entonces empecé a imitarla y hacía como si me agachara frente a las santas. Llegó a un banquillo y yo me arrodillé junto a ella. La oía murmurando cerca de mí aquellos rezos que aún hoy me pregunto qué podrían haber dicho. «Cierra los ojos», me dijo primero, y luego «¡Vamos ya!». La seguí casi a las carreras. Traté de igualar mi paso corto a su estilo distinguido y su frente en alto, pero estaba aún demasiado expuesta a los asombros. «Flores, señoritas», insistió un hombre interrumpiendo el paso. «Ya tenemos, gracias», dijo Manuela, y solo entonces vi el ramo enorme de dalias que llevaba en la mano contraria.¿De dónde las había sacado? «Ma, seguro que es pecado robarle las flores a la virgen». Ella no contestó. Yo no sabía si poner cara pícara, como que habíamos hecho una travesura, o un gesto grave de consternación. Yo no quería que la virgen me castigara por la complicidad en el delito. Pero descubrí a unos cuilios cerca de la esquina y temí, porque la virgen estaba demasiado lejos para condenarme, y aquellos tenían unos cañonotes largos colgados al hombro. Yo miré a la Manuela, y la mirada pétrea, de una dureza impenetrable, avanzaba de prisa rasgando el aire. Los cuilios le silbaron y le dijeron groserías. No las entendía, pero había aprendido a distinguirlas por el tono. Era de las primeras enseñanzas que nos inculcaban a las nenas. Manuela siguió, y yo me puse muy nerviosa, pensé que nos iban a prender por robarle las flores a una santa. «Anda, deprisa», dijo Manuela y no paramos hasta la casa.

Entonces la vi desparramar el mazo en pequeños ramilletes. Allí, sobre los anaqueles del armario viejo, existía un altar que nunca había imaginado. Una veintena de estampas, amarillas ya, descansaban junto a vasijas con flores secas. Me acerqué, detallé los rostros del panteón de la Manuela. No eran ángeles nevados los que estaban ahí, mirando desde el cartón. No, como la Santa Rita, de nariz filosa y ojos azules, o la inmaculada Santa Liduvina, que yo había visto en una cartilla de Semana Santa, todas cheles y bellas y limpias, con los mantones brocados hasta el piso. En aquellas postales las vírgenes reían a veces, o miraban tristes así, a la nada. Una tocaba guitarra, y otra estaba vestida de militar, con botas de hombre y un fusil contra el piso. Eran indígenas, o gordas, o rugosas, como la tierra seca que no quería florecer.

La Manuela cambió con ternura el agua de los vasos, acomodó los nuevos ramilletes junto a sus santas, les conversó y lloró como niña junto a ellas. Tomó algunas estampas en sus manos y mencionaba nombres, como si hubieran sido sus hermanas, más que yo. Un día tras otro la vi traer flores. A veces lo hacía sin mí. Su altar se poblaba cada vez más con nuevas caras. En ocasiones eran casi cipotas. «No podemos sufrir más», la oí decir, y algo como «lucha» o «guerrita» o «guerrilla». Y era tanta la fuerza, o… no sé… la fe tan grande que depositaba en esas extrañas oraciones, de las que nunca había oído en misa, que estuve segura de que alguna vez, alguna de esas muchas santas manchadas, la iba a oír.



Lidoly Chávez Guerra

martes, 27 de septiembre de 2011

Hablaba y hablaba...

Pues bueno, como será costumbre, publicaremos un cuento cada miércoles, así que si quieren recomendarme uno, lo revisamos y lo publicamos la próxima semana!

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, veía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba.
¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en  la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Max Aub

Azul


jueves, 22 de septiembre de 2011

Final alternativo


Este "cuento" comenzó como un proyecto, en realidad es un final alternativo para el cuento "Sorpresa" de Fredric Brown. Sin embargo, nos dejamos llevar y superó nuestras expectativas, por lo que esperamos que solo sea el inicio de lo que serán muchas producciones literarias. Esperemos les guste; son importantes sus críticas, así que siéntanse libres de criticar el estilo para que día a día mejoremos. 

Final alternativo al cuento "Sorpresa" de Fredric Brown


Mientras permaneces dormido, tu mente crea escenarios fantásticos de muertes prematuras, ventanas voladoras, castillos en el cielo, peces que se convierten en humanos, laberintos imposiblemente perfectos…caos, hermosura. Tu mente lo crea todo mientras permaneces…dormido. Dicen que cinco minutos después de que te levantas, la mitad de lo que soñaste se va por completo, tú no eres la excepción; te levantas y lo único que recuerdas es el caos, el caos de un rompecabezas que te provoca desolación. La desesperación de no recordar aquello que volvía tu vida simplemente perfecta, te vuelve loco.  ¿Por qué no todo es como en los sueños? ¿Por qué no se puede vivir soñando? ¿Por qué tiene que ser todo tan complejo y rutinario? Miras a tu alrededor y encuentras la misma cama, las mismas sábanas con las que has dormido 20 años de tu vida, volteas, y lo único que ves es a la misma mujer con la que has compartido una vida común, aburrida, sin nada maravilloso. Te levantas, miras por la ventana y ves el mismo paisaje, la misma gente pasar, los mismos caminos. Vas al baño, te lavas la cara, la misma cara que has visto durante toda tu vida, la misma expresión, el cansancio, el agobio, esa desesperación que día a día te inunda cada vez más. Antes existían cosas que te importaban, lo sabes, pero no las recuerdas, tal vez era un castillo de hielo, o quizá simplemente eran aquellos sueños que se formaban a tu alrededor con la perspectiva de un futuro brillante. Ya no hay sueños. Ya no hay nada.
Te vistes, mismo traje, mismos zapatos para dirigirte a tu trabajo, el mismo en el que te encuentras desde hace casi 10 años ya. ¿Eso cómo te hace sentir? ¿Preocupado? ¿Acaso ya no hay más? ¿Acaso ya no esperas más de esta vida? No.
Tu esposa se levanta, te observa… en ese momento te das cuenta de que hay algo en ella que te provoca un sentimiento indescriptible, similar a las náuseas, similar al asco, lo cierto es que es un sentimiento nuevo, algo que te da miedo. ¿Serán sus ojos? Esos ojos frívolos, de cuencas vacías que son incapaces de observar, solamente son capaces de ver. ¿O será su nariz? Esa nariz respingada, con arrugas a pesar de las múltiples cirugías estéticas, esa nariz que no respira vida, simplemente aire.
-Hola.
En ese momento te percatas, observas sus orejas, sus ojos, su nariz, ninguno de estos elementos te provocan esa repugnancia que te provocan las comisuras de su boca, esa gesticulación. ¿Hola? ¿Con qué descaro se atreve a pronunciar esa palabra tan común sin, por lo menos, dirigirte una mirada? En ese momento, en algún lugar exótico del mundo, específicamente en el bosque de bambúes de Japón el papel se transforma en mil grullas de origami, en Alemania alguien adivinó su nombre y provocó su muerte, una princesa mordió la manzana y cayó al suelo, el cuervo habló, -eso es todo, y nada más.
En ese momento sabes, simplemente sabes, que no puedes ser feliz con ella, porque eso fue todo, y nunca más…
Llegas al trabajo, subir las escaleras te provoca cansancio,  sin embargo es inevitable, y terminas haciéndolo, como siempre. Te sientas en tu silla, dentro de esa oficina tan oscura y gris en la que has pasado un millón trescientos noventa y tres mil cuatrocientos doce formularios. Una felicidad inesperada e inoportuna te embarga, pues el plan está hecho, no habrá nada más que contar.
Seis horas y diecisiete minutos más tarde sales de tu trabajo, aliviado, pues nunca más volverás a sentirte tan insignificante en esos grandes muros. Recorres las calles vacías mientras piensas en tu felicidad venidera. Llegas a tu hogar, los relojes suspendidos en el tiempo, el agua que jamás cayó de la llave para llegar al drenaje, el pez que jamás voló y se transformó en hombre, los muñecos que nunca se fueron, todos esperan que utilices la llave que dejará entrar al sueño dentro del sueño. Tomas el cuchillo porque debes matarla, porque solo así obtendrás libertad, porque solo así serás feliz, porque no se puede vivir soñando, ¿o sí?

Azul  y Morado   

miércoles, 31 de agosto de 2011

La casa de Asterión


  Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en egipto hay una parecida). Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridicula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, anadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se posternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó en el mar. no en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
          El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espiritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duremo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocaremos en otro patio o bien decía yo que te gustaría la canalta oAhora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás como el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reimos buenamente los dos.
          No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, asterión. quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
          Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La cremonia dura pocos minutos. uno tras otro caen sin que yo me ensangrinte las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadaveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llgaría mi redentor. desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mo oído alcanza todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Como será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

          El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
          —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

 


Jorge Luis Borges

Esclavos y Arquitectos


Antes yo era esclavo;
y ahora, arquitecto.
Así soy porque existo.
Existo por mí mismo
y existo para mí mismo.
Toda la realidad es mía;
yo hago que sea real,
la moldeo.
Yo no soy para el universo,
el universo es para mí.
Yo no estoy en el universo,
el universo está en mí.
Y él es todo lo que soy,
más todo lo que creo que no soy,
que también es parte de mí.
Él es como yo:
yo lo explico y él me explica.
Estoy donde quiero estar,
estoy donde merezco.
Lo que quiero es lo que merezco.
Si aún no estoy donde quiero estar,
me muevo.
Pero él viene conmigo.
Si aún no estoy donde quiero estar,
muevo el universo.
Pero yo voy con él.
Y si aún no estoy donde quiero estar...
imagino que me muevo,
siento que me muevo,
razono que me muevo,
creo que me muevo,
conozco que me muevo.
Ahora estoy donde necesito estar.
  Lo que quiero es lo que necesito.
Lo que quiero es lo que merezco.
Lo que necesito es lo que merezco.
 Pero no merecía necesitar.
No quería necesitar.
No necesitaba querer o merecer.
Porque quería moverme y lo hice,
pero jamás me moví.
No necesitaba moverme,
me necesitaba a mí.
No necesitaba moverlo,
se necesitaba a él mismo.
Yo no necesitaba necesitar.

Porque yo soy todo,
y soy lo único que tengo.
Sólo necesito existir;
y cuando existo, nada necesito.

Antes yo era arquitecto
pero hasta ahora lo sé.
                                                   

                                                                                                                                        =========== CIAN=============


Estoy muerto


Estoy muerto. Hoy me desperté y estaba muerto, más muerto que una hoja que ha sido arrancada de un árbol. Más muerto que el contenido de un ataúd que ha estado bajo tierra por más de no sé cuantos años. Tan muerto estaba que al abrir los ojos pude ver todo. Pude ver las cosas de una manera en la que jamás lo había hecho. Todo era hermoso, por alguna razón me sentía tan mal que me sentía bien. Todo era gris, frío, todo era hermoso. Tenía ganas de sentarme en un sillón, con una buena taza de té negro, esa bebida que tanto acostumbraba tomar y que de pronto olvidé. Pero cuando fui a la cocina me dí cuenta de que no tenía té. No tenía nada. Estaba muerto. 
Todo era igual que siempre y a la vez era algo que jamás había visto. Salí a caminar por las calles que solía recorrer con mayor frecuencia, caminé casi dos horas sin rumbo alguno, con la esperanza de poder encontrar los mismos sitios que hacía unos años, sentir el aire, escuchar a los pájaros, ver pasar a la gente, oler un buen café y al final de todo esto, poder decir, ¡qué bonito día! Pero después de esas dos horas me dí cuenta de que no había visto a nadie, que no había olido nada más que el olor a tierra que reinaba en esos lugares pero que jamás había sido tan fuerte, no escuché a ningún pajaro cantar, el aire por alguna razón no quiso salir y no me golpeó la cara. No sentí nada. No podía sentir nada. Estaba muerto.
Volví a casa con la ilusión de que todo esta no era más que un tonto sueño y que a la mañana todo volvería a ser como antes. Me senté en aquél sillón de múltiples colores que ahora era gris, me senté y cerré los ojos. Pasaron miles de cosas por mi cabeza durante esos 30 segundos, pensé en aquellas canciones de The Cure que tan tristes melodías tenían y que a mi me fascinaban, pensé en los días lluviosos y grises en los que a la gente casi no le gustaba salir y por el contrario, eran preciosos a mi parecer, pensé también en aquellas noches frías en las que corría a algún punto donde se pudieran ver todas las luces de la ciudad para reflexionar acerca de la vida. Abrí los ojos y todo se había ido, no había mas que un buró derruido y sucio. Sentí que algo helado recorría mi cuerpo y de pronto se tornaba en un calor infernal, algo insoportable, de pronto se detuvo. En ese momento supe que estaba vivo, más vivo que nunca y, a la vez, estaba tan muerto como ya he dicho. Supe que lo que pasaba es que la vida me estaba abandonando, poco a poco, y ese calor infernal representaba lo último que quedaba de vida en mi. 
Así como Borges dice que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente y que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente, todo era igual para mi realidad. Todo era tan gris que ya no importaba si era de noche o de día porque lo único que cambiaba era la tonalidad del gris. Mi pasado se había esfumado, mi futuro, también, y mi vida estaba tomando el mismo rumbo. 
Algo tenía yo que hacer, pero no podía pensar en otra cosa que en ese calor, en mi vida yéndose a otro lado, dejándome completamente vacío. Yo no estoy hecho para estar solo, pensé. Nunca he estado solo y, ahora, estoy muerto. Nada podía estar mejor, o peor, que para fines prácticos resultaba exactamente igual. 
Mi vida había terminado y estaba sólo. No hay nada más que hacer, nada más que decir. Fui a la cocina, encendí la estufa, tomé una bolsita de algo que parecía té, puse agua en la hornilla y esperé a que hirviera. Mientras esto pasaba, me senté y pensé. No puedo quejarme, llegué lejos y eso es lo que importa. Pero, ¿a quién va a importarle si siempre estuve solo? me pregunté. Tomé el agua le puse el té y me volví a sentar. Di varios sorbos a la taza hasta que me quedé dormido. Jamás desperté. Estaba muerto.

Azul

El puente sobre el río del búho



I
Desde un puente de ferrocarril, en el norte de Alabama, un hombre miraba correr rápidamente el agua veinte pies más abajo. El hombre tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas atadas con una cuerda; otra cuerda anudada al cuello y amarrada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes que soportaban los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus ejecutores -dos soldados rasos del ejército federal bajo las ordenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido sub comisario. No lejos de ellos, en la misma plataforma improvisada, estaba un oficial del ejército llevando las insignias de su grado. Era un capitán. En cada extremo había un centinela presentando armas, o sea con el caño del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, posición poco natural que obliga al cuerpo a mantenerse erguido. A estos dos hombres no parecía concernirles lo que ocurría en medio del puente. Se limitaban a bloquear los extremos de la plataforma de madera.
Delante de los centinelas no había nada a la vista; la vía férrea se internaba en un bosque a un centenar de yardas; después, trazando una curva, desaparecía. Un poco más lejos, sin duda, estaba un puesto de avanzada. En la otra orilla, un campo abierto subía en suave pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con troneras para los fusiles y una sola abertura por la cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A media distancia de la colina entre el puente y el fortín estaban los espectadores: una compañía de soldados de infantería, en posición de descanso, es decir con la culata de los fusiles en el suelo, el caño ligeramente inclinado hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. A la derecha de la línea de soldados estaba un teniente, con la punta del sable tocando tierra, la mano derecha encima de la izquierda. Excepto los tres ejecutores y el condenado en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, frente al puente, miraba fijamente, hierática. Los centinelas, frente a las márgenes del río, podían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán, con los brazos cruzados, silencioso, observaba el trabajo de sus subordinados sin hacer el menor gesto. Cuando la muerte anuncia su llegada debe ser recibida con ceremoniosas muestras de respeto, hasta por los más familiarizados con ella. Para este dignatario, según el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son formas de la cortesía.
El hombre que se preparaban a ahorcar podría tener treinta y cinco años. Era un civil, a juzgar por su ropa de plantador. Tenía hermosos rasgos: nariz recta, boca firme, frente amplia, melena negra y ondulada peinada hacia atrás, cayéndole desde las orejas hasta el cuello de su bien cortada levita. Usaba bigote y barba en punta, pero no patillas; sus grandes ojos de color gris oscuro tenían una expresión bondadosa que no hubiéramos esperado encontrar en un hombre con la soga al cuello. Evidentemente, no era un vulgar asesino. El liberal código del ejército prevé la pena de la horca para toda clase de personas sin excluir a las personas decentes.
Terminados sus preparativos los dos soldados dieron un paso hacia los lados, y cada uno retiró la tabla de madera sobre la cual había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, saludó, y se colocó inmediatamente detrás del oficial. El oficial, a su vez, se corrió un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento en los dos extremos de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se hallaba el civil alcanzaba casi, pero no del todo, un cuarto durmiente. La tabla había sido mantenida en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su jefe, el sargento daría un paso al costado, se balancearía la tabla, y el condenado habría de caer entre dos durmientes. Consideró que la combinación se recomendaba por su simplicidad y eficacia. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Examinó por un momento su vacilante punto de apoyo y dejó vagar la mirada por el agua que iba y venía bajo sus pies en furiosos remolinos. Un pedazo de madera que bailaba en la superficie retuvo su atención y lo siguió con los ojos. Apenas parecía avanzar. ¡Qué corriente perezosa!
Cerró los ojos para concentrar sus últimos pensamientos en su mujer y en sus hijos. El agua dorada por el sol naciente, la niebla que pesaba sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, el pedazo de madera que flotaba, todo eso lo había distraído. Y ahora tenía conciencia de una nueva causa de distracción. Borrando el pensamiento de los seres queridos, escuchaba un ruido que no podía ignorar ni comprender. Un golpe seco, metálico, que sonaba claramente como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó que podía ser aquél ruido, si venía de muy cerca o de una distancia incalculable -ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía a intervalos regulares pero tan lentamente como las campanas que doblan a muerte. Aguardaba cada llamado con impaciencia y, sin saber por qué, con aprensión. Los silencios se hacían progresivamente más largos; los retardos, enloquecedores. Menos frecuentes eran los sonidos, más aumentaba su fuerza y nitidez, hiriendo sus oídos como si le asestaran cuchilladas. Tuvo miendo de gritar... Lo que oía era el tic tac de su reloj.
Abrió los ojos y de nuevo oyó correr el agua bajo sus pies. "Si lograra libertar mis manos -pensó- llegaría a desprenderme del nudo corredizo y saltar al río; zambulléndome, podría eludir las balas; nadando vigorosamente, alcanzar la orilla; después internarme en el bosque, huir hasta mi casa. A Dios gracias, todavía está fuera de sus líneas; mi mujer y mis hijos todavía están fuera del alcance del puesto más avanzado de los invasores".
Mientras se sucedían estos pensamientos, aquí anotados en frases, que más que provenir del condenado parecían proyectarse como relámpagos en su cerebro, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El sargento dio un paso al costado.
II
Peyton Farkuhar, plantador de fortuna, pertenecía a una vieja y respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, se ocupaba de política, como todos los de su casta; fue, desde luego, uno de los primeros secesionistas y se consagró con ardor a la causa de los "Estados del Sur". Imperiosas circunstancias, que no es el caso relatar aquí, impidieron que se uniera al valiente ejército cuyas desastrosas campañas terminaron con la caída de Corinth, y se irritaba de esta sujeción sin gloria, anhelando dar rienda libre a sus energías, conocer la vida más intensa del soldado, encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba seguro de que esa ocasión llegaría para el, como llega para todo el mundo en tiempos de guerra. Entretanto hacía lo que podía. Ningún servicio le parecía demasiado humilde para la causa del Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa si era compatible con el carácter de un civil que tiene alma de soldado y que con toda buena fe y sin demasiados escrúpulos admite en buena parte este refrán francamente innoble: en el amor y en la guerra todos los medios son buenos.
Una tarde cuando Farkuhar y su mujer estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada de su parque, un soldado de uniforme gris detuvo su caballo en la verja y pidió de beber. La señora Farkuhar no deseaba otra cosa que servirlo con sus blancas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su marido se acercó al jinete cubierto de polvo y le pidió con avidez noticias del frente.
- Los yanquis están reparando las vías férreas -dijo el hombre- porque se preparan para una nueva avanzada. Han alcanzado el puente del Búho, lo han arreglado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden que se ha fijado en carteles en todas partes, el comandante ha dispuesto que cualquier civil a quién se sorprenda dañando las vías férreas, los túneles o los trenes, deberá ser ahorcado sin juicio previo. Yo he visto la horca.
- ¿A qué distancia queda de aquí el puente del Búho? -preguntó Farkuhar.
- A unas treinta millas.
- ¿No hay ninguna tropa de este lado del río?
- Un solo piquete de avanzada a media milla, sobre la vía férrea, y un solo centinela de este lado del puente.
- Suponiendo que un hombre (un civil, aficionado a la horca) esquive el piquete de avanzada y logre engañar al centinela -dijo el plantador sonriendo-, ¿qué podría hacer?
El soldado reflexionó:
- Estuve allí hace un mes. La creciente del último invierno ha acumulado una gran cantidad de troncos contra el muelle, de este lado del puente. Ahora esos troncos están secos y arderían como estopa.
En ese momento la dueña de casa trajo el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias ceremoniosamente, saludó al marido, y se alejó con su caballo. Una hora después, caída la noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al Norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.
III
Cuando cayó al agua desde el puente, Peyton Farkuhar perdió conciencia como si estuviera muerto. De aquél estado le pareció salir siglos después por el sufrimiento de una presión violenta en la garganta, seguido de una sensación de ahogo. Dolores atroces, fulgurantes, atravesaban todas las fibras de su cuerpo de la cabeza a los pies. Se hubiera dicho que recorrían las líneas bien determinadas de su sistema nervioso y latían a un ritmo increíblemente rápido. Tenía la impresión de que un torrente de fuego llevaba su cuerpo hasta una temperatura intolerable. Su cabeza congestionada estaba a punto de estallar. Estas sensaciones excluían todo pensamiento, borraban todo lo que había de intelectual en él: solo le quedaba la facultad de sentir, y sentir era una tortura. Pero se daba cuenta de que se movía; rodeado de un halo luminoso del cual no era más que el corazón ardiente, se balanceaba como un vasto péndulo según arcos de oscilaciones inimaginables. Después, de un solo golpe, terriblemente brusco, la luz que lo rodeaba subió hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido atroz en sus oídos, y todo fue tinieblas y frío. Habiendo recuperado la facultad de pensar, supo que la cuerda se había roto y que acababa de caer al río. Ya no aumentaba la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su cuello, a la par que lo sofocaba, impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le pareció absurda. Abrió los ojos en las tinieblas y vio una luz encima de él, ¡pero de tal modo lejana, de tal modo inaccesible! Se hundía siempre, porque la luz disminuía cada vez más hasta convertirse en un pálido resplandor. Después aumentó la intensidad y compendió de mala gana que remontaba a la superficie, porque ahora estaba muy cómodo. "Ser ahorcado y ahogado -pensó-, ya no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo".
Aunque inconsciente del esfuerzo, un agudo dolor en las muñecas le indicó que trataba de zafarse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como un espectador ocioso podía mirar la hazaña de un malabarista sin interesarse en el resultado. Qué magnífico esfuerzo. Que espléndida, sobrehumana energía. Ah, era una tentativa admirable. ¡Bravo! Cayó la cuerda: Sus brazos se apartaron y flotaron hasta la superficie. Pudo distinguir vagamente sus manos de cada lado, en la luz creciente. Con nuevo interés las vio aferrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la arrojaron lejos, con furor, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. "¡Ponedla de nuevo, ponedla de nuevo!" Le pareció gritar estas palabras a sus manos, porque después de haber deshecho el nudo tuvo el dolor más atroz que había sentido hasta entonces. El cuello lo hacía sufrir terriblemente; su cerebro ardía, su corazón, que palpitaba apenas, estalló de pronto como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia intolerable torturó y retorció su cuerpo entero. Pero sus manos desobedientes no hicieron caso de la orden. Golpeaban el agua con vigor, en rápidas brazadas, de arriba abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. La claridad del solo lo encegueció; su pecho se dilató convulsivamente. Después, dolor supremo y culminante, sus pulmones tragaron una gran bocanada de aire que inmediatamente exhalaron en un grito.
Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos; eran, en verdad, sobrenaturalmente vivos y sutiles. La perturbación atroz de su organismo lo sabía de tal modo exaltado y refinado que registraban cosas nunca percibidas hasta entonces. Sentía los cabrilleos del agua sobre su rostro, escuchaba el ruido que hacía cada olita al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y distinguía cada árbol, cada hoja con todas sus nervaduras, y hasta los insectos que alojaban: langostas, moscas de cuerpo luminoso, arañas grises que tendían su tela de ramita a ramita. Observó los colores del prisma en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El bordoneo de los moscardones que bailaban sobre los remolinos, el batir de alas de las libélulas, las zancadas de las arañas acuáticas como remos que levantaban un bote, y todo eso era para él una música perfectamente audible. Un pez resbaló bajo sus ojos y escuchó el deslizamiento de su propio cuerpo que hendía la corriente.
Había emergido boca abajo en el agua. En un instante, el mundo pareció girar con lentitud a su alrededor. Vio el puente, el fortín, vio a los centinelas, al capitán, a los soldados rasos, sus ejecutores, cuyas siluetas se destacaban contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban señalándolo con el dedo. El oficial blandía su revolver pero no disparaba. Los otros estaban sin armas. Sus movimientos parecían grotescos y horribles; sus formas gigantescas. De pronto se oyó una nueva detonación breve y un objeto golpeó vivamente el agua a pocas pulgadas de su cabeza, salpicándole el rostro. Oyó una segunda detonación y vio que uno de los centinelas aún tenía el fusil al hombro: de la boca del caño subía una ligera nube de humo azul. El hombre en el río vio los ojos del hombre en el puente que se detenían en los suyos a través de la mira del fusil. Al observar que los ojos del centinela eran grises, recordó haber leído que los ojos grises eran muy penetrantes, que todos los tiradores famosos tenían ojos de ese color. Sin embargo, aquél no había dado en el blanco.
Un remolino lo hizo girar en sentido contrario; de nuevo tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Una voz clara resonó tras él en una cadencia monótona, y llegó a través del agua con tanta nitidez que dominó y apagó todo otro ruido, hasta el chapoteo de las olitas en sus orejas. Sin ser soldado, había frecuentado bastante los campamentos para conocer la terrible significación de aquella lenta, arrastrada, aspirada salmodia: en la orilla, el oficial cumplía su labor matinal. Con qué frialdad implacable, con qué tranquila entonación que presagiaba la calma de los soldados y les imponía la suya, con qué precisión en la medida de los intervalos, cayeron estas palabras crueles:
- ¡Atención, compañía!... ¡Armas al hombro!...¡Listos!... ¡Apuntar!... ¡Fuego!...
Farkuhar se hundió, se hundió tan profundamente como pudo. El agua gruñó en sus oídos como la voz del Niagara. Escuchó sin embargo el trueno ensordecido de la salva y, mientras subía a la superficie, encontró pedacitos de metal brillante, extrañamente chatos, oscilando hacia abajo con lentitud. Algunos le tocaron el rostro y las manos, después continuaron descendiendo. Uno de ellos se alojó entre su pescuezo y el cuello de la camisa: era de un calor desagradable y Farkuhar lo arrancó vivamente.
Cuando llegó a la superficie, sin aliento, comprobó que había permanecido mucho tiempo bajo el agua, la corriente lo había arrastrado muy lejos -cerca de la salvación. Los soldados casi habían terminado de cargar nuevamente sus armas; las baquetas de metal centellearon al sol, mientras los hombres las sacaban del caño de sus fusiles y las hacían girar en el aire antes de ponerlas en su lugar. Otra vez tiraron los centinelas y otra vez erraron el blanco.
El perseguido vio todo esto por arriba del hombro. Ahora nadaba con energía a favor de la corriente. Su cerebro no era menos activo que sus brazos y sus piernas; pensaba con la rapidez del relámpago.
"El teniente -razonaba- no cometerá este error por segunda vez. Es el error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es tan fácil esquivar una salva como un solo tiro? Ahora, sin duda, ha dado orden de tirar como quieran. ¡Dios me proteja, no puedo escaparles a todos!"
A dos yardas hubo el atroz estruendo de una caída de agua seguido de un ruido sonoro, impetuoso, que se alejó diminuendo y pareció propagarse en el aire en dirección al fortín donde murió en una explosión que sacudió las profundidades mismas del río. Se alzó una muralla líquida, se curvó por encima de él, se abatió sobre él, lo encegueció, lo estranguló. ¡El cañón se había unido a las demás armas! Como sacudiera la cabeza para desprenderla del tumulto del agua herida por el obus, oyó que el proyectil, desviado de su trayectoria, roncaba en el aire delante de él y segundos después hacía pedazos las ramas de los arboles, allí cerca, en el bosque.
"No empezaran de nuevo -pensó-. La próxima vez cargarán con metralla. Debo mantener los ojos fijos en la pieza: el humo me indicará. La detonación llega demasiado tarde; se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón".
De pronto se sintió dar vueltas y vueltas en el mismo punto. Giraba como un trompo: el agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora lejanos, todo se mezclaba y se esfumaba. Los objetos ya no estaban representados sino por sus colores; bandas horizontales de color era todo lo que veía. Atrapado por un remolino, avanzaba con un movimiento circulatorio tan rápido que se sentía enfermo de vértigo y náuseas. Momentos después se encontró arrojado contra la orilla izquierda del río -la orilla austral- detrás de un montículo que lo ocultaba e sus enemigos. Su inmovilidad súbita, el roce de una de sus manos contra el pedregullo, le devolvieron el uso de sus sentidos y lloró de alegría. Hundió los dedos en la arena que se echó a puñados sobre el cuerpo bendiciéndola en alta voz. Para él era diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada hermoso que no se le pareciera. Los arboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardín; advirtió un orden determinado en su disposición; respiró el perfume de sus flores. Una luz extraña, rosada, brillaba entre los troncos, y el viento producía en su follaje la música armoniosa de una arpa eolea. No deseaba terminar de evadirse; le bastaba quedarse en ese lugar encantador hasta que lo capturaran.
El silbido y el estruendo de la metralla en las ramas por encima de su cabeza lo arrancó de su ensueño. El artillero, decepcionado le había enviado al azar una descarga de adiós. Se levantó de un salto, remontó precipitadamente la pendiente de la orilla, se internó en el bosque.
Caminó todo aquél día, guiándose por la marcha del sol. El bosque parecía interminable; por ninguna parte un claro, ni siquiera el sendero de un leñador. Había ignorado que viviera en una región tan salvaje, y había en esta revelación algo sobrenatural.
Continuaba avanzando al caer la noche, con los pies heridos, fatigado, hambriento. Lo sostenía el pensamiento de su mujer y de sus hijos. Terminó por encontrar un camino que lo conducía en la buena dirección. Era tan ancho y recto como una calle urbana, y sin embargo daba la impresión de que nadie hubiese pasado por él. Ningún campo lo bordeaba; por ninguna parte una vivienda. Nada, ni siquiera el aullido de un perro sugería una habitación humana. Los cuerpos negros de los grandes arboles formaban dos murallas rectilíneas que se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Por encima de él, como alzara los ojos a través de aquella brecha en el bosque, vio brillar grandes estrellas de oro que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Tuvo la certeza de que estaban dispuestas de acuerdo con un orden que ocultaba un maligno significado. De cada lado del bosque le llegaban ruidos singulares entre los cuales, una vez, dos veces, otra vez aún, percibió nítidamente susurros en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello; al tocárselo, lo encontró terriblemente inchado, sabía que la cuerda lo había marcado con un círculo negro: tenía los ojos congestionados; no lograba cerrarlos. Tenía la lengua hinchada por la sed; sacándola entre los dientes y exponiéndola al aire fresco apaciguó su fiebre. Qué suave tapiz había extendido el césped a lo largo de aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo bajo los pies.
A despecho de sus sufrimientos, sin duda, se ha dormido mientras camina, porque ahora contempla otra escena -tal vez acaba de salir de una crisis delirante. Se encuentra ante la verja de su casa. Todo está como lo ha dejado, todo resplandece de belleza bajo el sol matinal. Ha debido de caminar la noche entera. Mientras abre la puerta de la verja y asciende por la gran avenida blanca, ve flotar ligeras vestiduras: su mujer, con el rostro fresco y dulce, baja de la galería y le sale al encuentro, deteniéndose al pie de la escalinata con una sonrisa de inefable júbilo, en una actitud de gracia y dignidad inigualables. ¡Ah, cómo es de hermosa! El se lanza en su dirección, los brazos abiertos. En el instante mismo que va a estrecharla contra su pecho, siente en la nuca un golpe que lo aturde. Una luz blanca y enceguecedora flamea a su alrededor con un ruido semejante al estampido del cañón -y después todo es tinieblas y silencio.
Peyton Frakuhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba suavemente de uno a otro extremo de las maderas del puente del Buho.